educarchile - Portada
EducarChile - Especiales Artículo

Artículo

compartir

La evaluación como herramienta pedagógica imprescindible

En las últimas décadas se ha complejizado la atribución de sentidos y propósitos de la evaluación. A la función clásica de esta como medio de acreditación y calificación, como un hito de cierre del proceso, se han sumado perspectivas que la consideran como un componente fundamental del proceso de enseñanza y aprendizaje, como una dimensión estratégica para la toma de decisiones didáctico pedagógicas. Lo cual implica incluso comprender las instancias evaluativas como experiencias de aprendizaje en sí mismas.

Si consideramos los procesos de evaluación estandarizada o los procesos de evaluación definidos por los docentes en cada centro escolar, es fundamental establecer que el juicio que surge del análisis de resultados de cada uno, permite orientar la práctica pedagógica y se convierte en una herramienta fundamental para el diseño o ajuste de las experiencias de aprendizaje planificadas.

Si solo consideramos las prácticas de enseñanza en el contexto escolar las evaluaciones en la sala de clases y la enseñanza se encuentran absolutamente relacionadas (Brookhart, 2003; McMillan, 2003) y por lo tanto, la evaluación en el aula es fundamentalmente de carácter formativo.

Desde esta perspectiva, se entiende que la enseñanza, el aprendizaje y la evaluación deben constituirse en una unidad indisoluble (Coll, Martín y Onrubia, 2001). De esta forma, la evaluación explicará o dará cuenta tanto de los aprendizajes de los estudiantes, como de las prácticas de enseñanza del docente. Por lo tanto, la información que deriva de la evaluación apoyará la toma de conciencia, reflexión y de responsabilidad respecto del proceso de aprendizaje desarrollado por estudiantes y el desempeño de los docentes al mismo tiempo.

Una revisión del estudio de Medina (2013) pone en evidencia la implicancia que tiene en estudiantes y docentes el proceso evaluativo y permite comprender cómo los criterios básicos de toda evaluación: eficacia, eficiencia y relevancia, dan cuenta del protagonismo de ambos actores en el proceso. Además, del modo en que la información reportada en la evaluación puede redundar en una toma de decisiones al servicio del aprendizaje, tal como se presenta en la siguiente tabla.



Eficacia

Eficiencia

Relevancia




Estudiante

Satisfacer necesidades de información sobre su rendimiento en términos de “mejora en su desempeño” para la mejora de sus estrategias de aprendizaje en próximas ocasiones (Stiggins, 2004; Chappuis y Stiggins, 2002).

Conocer qué pretende el docente y el currículum, qué tanto debe trabajar, qué debe profundizar para lograr manejar y mejorar el proceso de aprendizaje (Stiggins, 1992; Chappuis y Stiggins, 2002).

Determinar la cercanía de la instrucción y los contenidos curriculares con las necesidades de su comunidad y con las demandas del mundo actual.



Profesor

Corroborar el logro de aprendizajes en los alumnos para la mejora continua de su labor docente (Brookhart, 2009; Chuappuis y Stiggins, 2002)

Corroborar la didáctica e instrucción y tomar decisiones en el aula durante el período de clases (Brookhart, 2009; Brookhart, 2004; Stiggins, 1992)

Adaptar la instrucción y currículum según las necesidades de los estudiantes y la sociedad.


La evaluación tiene un valor fundamental como herramienta pedagógica y puede orientar las decisiones didácticas. Esta perspectiva implica desarrollar una práctica evaluativa coherente en la que se consideren los siguientes criterios:

  • Ofrecer continuas oportunidades para que el estudiante se enfrente a desafíos que le permitan demostrar sus aprendizajes
  • Promover un clima apropiado para la retroalimentación de manera tal que el estudiante tenga la oportunidad de reflexionar sobre su propio aprendizaje
  • Instar a los estudiantes a que puedan asumir la responsabilidad de su proceso de aprendizaje.

¿Cómo podríamos desestimar esas prácticas si aspiramos a garantizar que los estudiantes aprendan?

La primera problemática es que la perspectiva integradora de la evaluación expresada en su función pedagógica se opone la función social de la evaluación, que tradicionalmente separa las actividades de evaluación de los procesos de enseñanza y de aprendizaje. Lo cierto, es que en los centros escolares sigue predominando la función social ya sea por costumbre, por falta de formación de equipos técnicos y docentes o por reglamentos o normas de evaluación que no están sujetas a modificación y que mantienen un énfasis casi exclusivo en el carácter acreditador de la práctica evaluativa.

Si consideramos, siguiendo a Brookhart (2011), que para definir los sentidos que se quiere dar a la evaluación en un establecimiento educativo, es importante reflexionar sobre las preguntas: “¿Qué significados queremos que la evaluación tenga?” y “¿Quién(es) es/son la(s) audiencia(s) primaria(s) de los mensajes que se derivan de la evaluación?”, reconocemos que la respuesta a esas preguntas desafía a los establecimientos a una coherencia sistémica que puede eventualmente estar en tensión: valoro su uso para la calificación y evidencia de aprobación o la utilizo para modificar los procesos de aprendizaje.

Es natural que esto constituya un desafío mayor. Lo cierto es que el cambio paulatino de paradigma respecto de los sentidos y propósitos de la evaluación ha permitido ampliar el repertorio de instancias e instrumentos de evaluación y reconocer el valor de dicho repertorio, pero al mismo tiempo ha redundado en la incorporación y visibilización de dimensiones del aprendizaje, que durante mucho tiempo no fueron consideradas relevantes para acreditar o calificar, como son los procesos de pensamiento, sociales y de metacognición que indudablemente emergen cuando el estudiante es protagonista del proceso.

Si retomamos la pregunta antes expresada, ¿podríamos desestimar estas dimensiones si aspiramos a garantizar que los estudiantes aprendan?, esto nos obliga a reflexionar sobre el segundo dilema referido; implementar procesos evaluativos desde una perspectiva integradora supone contar con un capital de recursos y habilidades docentes, al mismo tiempo que contar con una comprensión profunda de dicha perspectiva.

La evaluación puede articular positivamente la enseñanza y el aprendizaje y producir información sustantiva sobre su calidad para orientar a docentes y a alumnos, pero esta articulación es efectiva cuando las prácticas definidas son coherentes con este espíritu integrador de la evaluación.

Estudios como los de Hanrahan e Isaacs (2001) o Sivan (2000), han dado cuenta del gran impacto en el aprendizaje que tiene la consideración de los estudiantes como actor protagónico en el proceso de evaluación, pero también de la necesidad de dominar un capital de conocimiento profundo respecto de las prácticas de evaluación, de manera tal que efectivamente se actúe en concordancia con dicho paradigma.

Cuando la práctica evaluativa es un ejercicio que permite comprender por qué un universo de estudiantes logró los aprendizajes y otro no, la evaluación puede determinar la calidad del proceso y ayudar al docente a replantear, mejorar o mantener las estrategias didácticas implementadas y a su vez, servir al estudiante para reflexionar sobre su propio proceso de formación. Es evidente que esta perspectiva considera el desarrollo de aprendizajes como eje de la práctica escolar y pone al centro que estos se consoliden apropiadamente. No podríamos obviar una evaluación de estas características si nuestro propósito es el desarrollo de aprendizajes, no podríamos desatender la información que esta nos reporta sin relacionarla con los diseños de enseñanza o las planificaciones propuestas.

Es evidente el valor de la evaluación como herramienta pedagógica y también la pertinencia de la perspectiva integradora, ya que articula la evaluación con los propósitos y procesos de enseñanza y pone al centro de la reflexión el proceso de aprendizaje liderado desde el docente y experimentado por los estudiantes. La evaluación se constituye como una herramienta pedagógica fundamental en tanto moviliza el actuar de docentes y estudiantes, contribuye a su reflexión y compromiso y los anima a la acción.

Si la evaluación pierde su sentido de orientación del proceso de enseñanza aprendizaje o no incide en las decisiones didáctico pedagógicas, termina siendo una herramienta de control o de síntesis de información. El desafío está en no olvidar que un valor sustantivo de la evaluación radica en que esta debe proveer información a los docentes para impulsar el aprendizaje y ajustar la enseñanza y que debe potenciar una actitud positiva del estudiante sobre el aprendizaje, permitiéndole emplear los errores como una oportunidad para aprender y dando oportunidades efectivas para que todos demuestren lo que han aprendido.

Estos sentidos van de la mano con el desafío que cada establecimiento enfrenta para garantizar coherencia al proceso cuando pone al centro el sentido profundo de la evaluación para el aprendizaje y cuando decide, en beneficio del desarrollo de  los aprendizajes validar la evaluación como una herramienta pedagógica.

Referencia bibliográfica: Gisela Watson Castro. Doctor© en Didáctica de la Lengua y la Literatura por la Universidad de Barcelona. Académica e Investigadora de la Universidad de Santiago de Chile.

Información

Técnica

Breve Descripción La evaluación constituye una orientación fundamental para la toma de decisiones didácticas. Esta provee información a los docentes para impulsar el aprendizaje y ajustar la enseñanza; por lo tanto, articula los procesos de enseñanza aprendizaje y la reflexión pedagógica.
Otros Artículos
Recursos Relacionados
Temas de Interés
Idioma Español (ES)
Autor Educarchile - Mauricio Nercellas
Fuente