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Redefiniendo el sentido de la evaluación final

Tradicionalmente, la evaluación ha sido considerada exclusivamente desde su función acreditadora, lo cual ha dado pie a que sea entendida como la instancia que más conflictos puede generar, ya que pone en tensión la idea del aprendizaje como un producto que se valida desde un resultado único y no como un proceso en construcción.

Por lo general, se asume como práctica evaluativa aquella que se ubica al final del proceso de aprendizaje, siendo una instancia necesaria para aprobar una asignatura y para certificar procesos. Este carácter ha dado pie a que dentro del proceso de enseñanza y aprendizaje, la evaluación sea entendida como la instancia que más conflictos puede generar (Rodríguez, 2007); puesto que pone en tensión la idea del aprendizaje como un producto que se valida desde un resultado único y no como un proceso en construcción paulatino y permanente. La evaluación final o sumativa por excelencia ha representado este carácter.

Si se considera cada año y ciclo escolar como un trayecto, la evaluación final se efectúa usualmente al terminar períodos escolares de diferente duración (cierre de unidades de aprendizaje, secciones de curso establecidas en el calendario escolar trimestral o semestral). Lo común es que los resultados sean entregados a los estudiantes y a sus padres y apoderados en informes que dan cuenta del rendimiento académico. Con los resultados de este tipo de evaluación el profesor emite un juicio sobre el logro final de los aprendizajes, y sobre ello se asigna al estudiante la calificación correspondiente al período evaluado. Si se trata del final de un curso, esta calificación determinará la promoción de un estudiante de un nivel a otro.
Es claro que una evaluación final tendrá como punto de referencia los objetivos de aprendizaje que se espera que consigan los estudiantes y hará valoraciones sobre su desempeño en un punto determinado en el tiempo. Lo fundamental, es el tipo de información que arroja y el uso que la escuela y sus actores hagan de esta. En la siguiente tabla se hace una síntesis de su uso para los distintos actores:

Docentes

Estudiantes

Padres

Directivos

Les permite identificar la categoría de desempeño donde deben ser ubicados los alumnos; determinar la calificación a asignarles; identificar a los estudiantes que necesitan más apoyos; seleccionar y conformar la información a comunicar a los padres o apoderados  (Stiggins, et al., 2007).

Pueden reconocer si están teniendo los logros esperados y cómo es su desempeño en relación con el de sus compañeros.

Pueden conocer el progreso de sus hijos, la forma en que trabaja el docente o los resultados de la escuela en general.

Les permite valorar los resultados obtenidos por la comunidad escolar y también los resultados de programas de enseñanza implementados en la escuela.


Un acento exclusivo en este tipo de evaluación solo desde su carácter certificador implica riesgos. Desde esta perspectiva, las pruebas y las tareas calificadas, comunican de alguna manera lo que es importante aprender (Shepard, 2006),. Si estas mediciones divergen de las metas del aprendizaje que se valoran en el plano formativo, entonces los estudiantes concentran su atención y esfuerzo sólo en la porción calificada del currículo. El uso de calificaciones como premio o como castigo puede socavar la motivación intrínseca de aprender. Finalmente, la naturaleza comparativa de las prácticas tradicionales de calificación, puede provocar competencia e inhibir la motivación de los estudiantes de ayudar a otros o de aprender de los demás.
La evaluación tiene también una función formativo-reguladora, si es utilizada para ayudar a los alumnos a reconocer qué han aprendido y a tomar conciencia de las diferencias entre el punto de partida y el final, convirtiendo el resultado en un incentivo para seguir esforzándose (Sanmartí, 2017).

Una gran tensión ha sido el que desde la función de certificación, muchas veces se aplican evaluaciones finales, aun cuando el proceso de aprendizaje ha sido poco apropiado y no hay un mínimo de posibilidades de que los estudiantes obtengan algún éxito. Ir al fracaso conscientemente tiene consecuencias emocionales importantes que es absurdo generar en la escuela, que es el lugar en el que se debe fomentar la pasión por aprender y no el temor a los desafíos de aprendizaje. Lo razonable es que un estudiante se someta a una evaluación de este tipo cuando considere que está preparado. ¿Cómo podrían seguir enseñándose nuevos contenidos si se desconoce que los resultados de procesos de enseñanza anteriores no han sido efectivos?, ¿cómo iniciar una nueva unidad sin reflexionar sobre las estrategias de enseñanza que podrían haber afectado el proceso o las determinaciones pedagógico didácticas tomadas?

Cómo agregamos valor a las evaluaciones finales

Una evaluación final proporciona información que posibilita no sólo identificar dificultades y errores, sino también comprender sus causas y generar propuestas que ayuden a los estudiantes a superar dichas dificultades. Desde esta perspectiva formativa, una evaluación final permite saber si los alumnos han adquirido los aprendizajes terminales planificados y, en consecuencia, si tienen la base necesaria para posteriores aprendizajes.

El riesgo fundamental del uso tradicional de la evaluación final ha sido atribuirle un valor exclusivamente acreditativo y comparativo y con ello, disociarla de los procesos de enseñanza y de aprendizaje. El principal desafío es asumir en la interpretación de los resultados un sentido más pedagógico, que compare el resultado de un individuo con objetivos o intenciones de logro y con las prácticas de enseñanza.

La evaluación vista como instancia de calificación es importante, ya que permite ponerse a prueba uno mismo y constatar resultados, por eso es fundamental evitar que los estudiantes desarrollen una evaluación final sin claridad de los desafíos o a “probar suerte”. El fracaso en las evaluaciones finales muchas veces provoca la aplicación de más evaluaciones para tener más probabilidades de éxito; sin embargo, esto no garantiza que los estudiantes lleguen a aprender más.

Sabemos que evaluar es una condición necesaria para mejorar la enseñanza y que esta debe proporcionar información que permita juzgar la calidad del currículo aplicado, con la finalidad de mejorar la práctica docente, la autorregulación y consciencia de los estudiantes respecto del proceso de aprendizaje que experimentan. Si no abordamos la evaluación final de este modo, no nos hacemos cargo del trayecto de experiencias de aprendizaje en beneficio de la misión central de la escuela: que los estudiantes aprendan.
Es real que la evaluación final es acreditativa o certificadora, pero su carácter puede ser redefinido y re utilizado de manera formativa para apoyar la creación de experiencias de aprendizaje cada vez más pertinentes y efectivas.

Información

Técnica

Breve Descripción La evaluación final cumple un rol relevante en los procesos de aprendizaje, el cual va más allá de la función de certificación y calificación que generalmente se le atribuye. Esta entrega información valiosa para retroalimentar la práctica pedagógica y nutrir la reflexión de los docentes respecto al aprendizaje de los estudiantes.
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Idioma Español (ES)
Autor Educarchile - Mauricio Nercellas
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